Alberto, educador social de jóvenes inmigrantes que han pasado por los Centros de Internamiento para extranjeros (CIE)

EN EL CIE:

Peor que en una cárcel

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“Cuando vamos al CIE (el Centro de Internamiento para Extranjeros) a recoger a los chicos inmigrantes, lo primero que percibimos en ellos es miedo y desconfianza. Es normal, el CIE es un espacio parecido a una cárcel pero en el que se les reconocen todavía menos derechos y en el que se han sentido tratados como mercancía. Salen de allí sin absolutamente nada, ni siquiera ropa de recambio. 

Soy educador social en una fundación sin ánimo de lucro que tiene varios pisos de acogida para jóvenes inmigrantes de entre 18 y 25 años. La mayor parte son marroquíes y subsaharianos y muchos vienen derivados por la Administración.

Con nosotros tienen garantizado el alimento, la higiene y un sitio donde dormir. Les pagamos lo básico para vestirse, el abono transporte y una recarga de teléfono, para que puedan decirle a sus familias que están sanos y salvos. La única condición es que tienen que ocupar su tiempo en formarse (aprendiendo mecánica, jardinería, castellano…) y participar en las tareas domésticas. Aunque pueden salir a la calle cuando quieran, la mayoría tiene miedo de hacerlo porque la Policía los para constantemente para pedirles la identificación.

Los chicos casi no hablan de su vida, supongo que para enterrar el dolor, pero leemos sus historias en la documentación que nos envía el CIE. Algunos han tardado seis meses en llegar a Marruecos, luego han pasado otros tantos en el bosque organizando la travesía por mar, muchos han perdido a su familia en la guerra, otros son homosexuales perseguidos. Pero nadie les escucha, no tienen nombre ni rostro para la sociedad.

Nosotros luchamos para que no se les expulse alegando que sus países atraviesan guerras o que sufren algún tipo de persecución, pero es muy difícil que se les reconozca como refugiados. Además, si durante todo ese proceso burocrático hay programado un avión de repatriación de inmigrantes irregulares, entonces pueden obligarlos a marchar.

Sus vidas, como las de mucha gente, son la prueba de que nuestro lugar de nacimiento determina absolutamente todo y que la desigualdad nos condena. Occidente debe socorrer a las personas que llegan en esta situación pero, sobre todo, debe luchar contra las causas en los países de origen”.

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>> Alberto Perea tiene 30 años y es educador social en la Fundación La Merced Migraciones de Madrid.

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