Pilar, con algunos de los inmigrantes llegados a Ceuta en los últimos meses

Imagen cedida por la protagonista

INMIGRANTES:

Ni muro, ni valla, ni mar

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El 1 de enero de este año fue el día más difícil desde que llegué a Ceuta para trabajar con personas inmigrantes. Vi tanta injusticia, tanta sangre y tanto dolor que me sentí muy pequeña, incapaz de cambiar las cosas. De los centenares de personas que intentaron llegar, sólo dos consiguieron cruzar la valla, por la gravedad de sus heridas. Otras dos perdieron la vida y el resto fueron devueltas a Marruecos.

En esos momentos me hago muchas preguntas: ¿y si ese chico que está ahí arriba fuese mi hermano? ¿y si fuese una persona blanca la que se subiese a la valla, se rajara con una concertina y lo contase en un medio de comunicación? Al día siguiente vi un informativo de televisión en el que dedicaban 30 segundos a la noticia utilizando términos como “asalto masivo”.

Debemos entender que los inmigrantes que intentan alcanzar nuestras costas sólo ven un camino, y ese camino es recto y de una dirección, porque les lleva a su proyecto de futuro, a su sueño. Y lleguen muertos o vivos, van a seguir hacia adelante, porque cuando una persona tiene un sueño, no hay muro, valla ni pistola que se lo saque de la cabeza.

Ni siquiera el mar les hace renunciar. Recuerdo especialmente la segunda patera que atendí. Había 21 personas que llevaban dos días sin comer ni beber. Llegaron a Ceuta mojados, cansados, algunos con hipotermia. Mis compañeros empezaron a repartir bocadillos. Uno de los inmigrantes agarró el suyo, lo destapó y antes de llevárselo a la boca me ofreció.

Tenemos que pararnos a pensar por qué vienen estas personas de África y qué responsabilidad tiene Europa en eso. Los pocos que tienen la suerte de quedarse no pueden alegar arraigo y pedir el permiso de residencia hasta que llevan tres años aquí y pueden aportar un contrato de trabajo. Y yo le pregunto al gobierno: ¿de qué vive una persona durante tres años en un país que no es el suyo, sin papeles y si se persigue a quienes trabajan de manera irregular? Eso les lleva a aceptar empleos en los que cobran una miseria, en situaciones indignas.

En Ceuta y Melilla se da una realidad única en España también para los niños inmigrantes, y es que, al estar en situación irregular y, por tanto, no empadronados, no pueden ir al colegio. Todo niño tiene derecho a recibir educación, pero aquí no ocurre así. Están atrapados en un limbo.

Invito a la gente, especialmente a los jóvenes, a relacionarse con personas de otros países, a ver con sus propios ojos. Tenemos mucha vida por delante, muchas cosas que hacer, muchos proyectos. Y, sobre todo, tenemos la suerte de no tener que jugarnos la vida para conseguirlos”.

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>> Pilar Alba Díaz tiene 24 años y aunque ha pasado la mayor parte de su vida en Toledo, lleva en Ceuta desde 2014. Es educadora social y trabaja en una organización que ayuda a mujeres y niños marroquíes.

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