TRABAJO DOMÉSTICO:

Invisible

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En mi país soy abogada, pero homologar derecho en España es muy complicado y cuando llegué hace seis años el único nicho laboral que encontré fue el empleo doméstico. Las empleadas del hogar tienen miedo a perder su trabajo o a ser deportadas si exigen sus derechos, y la crisis ha permitido que muchos empleadores se aprovechen de ellas y les digan “guapas, esto es lo que hay. Y si no lo queréis, ya habrá otras que lo hagan por menos”.

El argumento de “pero si la chica no quiere que le dé de alta en la Seguridad Social” es falso. En el caso de las extranjeras, es la pescadilla que se muerde la cola: para poder tener trabajo tenemos que tener papeles, pero para tener papeles tenemos que presentar un contrato de trabajo. Y si no estamos dadas de alta en la Seguridad Social, no tenemos cómo demostrar que estamos trabajando y entonces no nos renuevan el permiso. Además, si no cotizamos no tenemos derecho a sanidad pública.

Conozco empleadas del hogar que se han lesionado la muñeca por pasar tantas horas planchando, y cuando le han dicho a su empleador que tenían una operación programada, él les ha dicho que no, que mejor se operaran durante el verano, cuando no las iban a necesitar. Otras veces ni siquiera nos dan permiso para ir al médico, o nos lo dan pero nos descuentan las horas.

Imagínate cómo son los casos de acoso sexual en el empleo doméstico. Hay mujeres que lo han sufrido, lo han denunciado y, como no tienen papeles, les han abierto inmediatamente un expediente de expulsión y las han deportado. A veces sus abusadores les amenazan: “si hablas, te acuso de que me has robado, a ver quién sale perdiendo”.

Tener una empleada doméstica es un signo de estatus. Es la misma idea de la servidumbre que les lleva, por ejemplo, a obligarte a que te pongas cofia y uniforme y salgas con ese atuendo cuando llevas a los niños al parque. O a decirte “quiero que limpies la alfombra de rodillas”. ¿Por qué de rodillas, si puedo pasar la aspiradora? Se nos sigue llamando “la sirvienta”, “la chica”, “la chacha”. Es incomprensible porque, si estoy en tu casa para cuidar a tus niños o tus mayores, se supone que estoy cuidando lo más preciado que tienes.

Si nuestro trabajo no se valora es, principalmente, porque lo realizamos mujeres y se cree que nacemos con el gen de querer limpiar y cuidar. Imagina qué pasaría si un día todas hiciésemos huelga. Sería caótico. Pero nadie lo ve. El empleo doméstico es un trabajo invisible”.

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>> Ana Carolina Elías nació en El Salvador. Es abogada y está especializada en derechos laborales y violencia de género. En España, ha sido empleada doméstica. También es presidenta de la asociación Servicio Doméstico Activo (SEDOAC).

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