Imagen: Fran Garrido

Escapar de la ablación

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“Tenía cinco años cuando me practicaron la ablación sin ningún tipo de anestesia ni asistencia médica. Lo rechacé con mi mente y mi cuerpo a pesar de lo pequeña que era, y cada vez que hablo de ello lo revivo.

Cuando tuve mi primera regla, sufrí muchos problemas físicos y de higiene debido a la mutilación. Pero cuando lo hablaba con otras chicas me decían que a ellas no les pasaba. Era vergonzoso reconocerlo, así que pensaba que la rara era yo. Años después, cuando he vuelto a hablar con ellas, me han reconocido que les ocurría exactamente lo mismo.

De mayor me casaron con un hombre y la noche de bodas fue la peor de mi vida. Él intentó tener relaciones conmigo pero encontró que no podía porque el tipo de mutilación que me habían practicado implicaba que estaba completamente cerrada. Así que hubo que abrir. Siempre lo he considerado una violación. Cuando él se agotó, me metí en el baño y la primera cosa que me vino a la cabeza fue matarme, pero no me atreví, así que decidí que la próxima vez que me tocara le mataría yo a él.

Dos meses después supe que estaba embarazada. No fui a ningún médico en aquellos meses por miedo a que viera que estaba cerrada e intentara volver a abrirme. No quería que nadie mirara ni tocara allí.

Deseé con todas mis fuerzas que fuese un niño, porque al menos sería libre y no tendría que pasar por lo mismo que yo. La noche del parto, no me dio tiempo a llegar al hospital y dí a luz en un taxi. Una de las enfermeras que salió a ayudarme sacó al bebé y me dijo: “¡Felicidades, es una niña!”. Era lo peor que me podían decir.

Desde ese día, mi único objetivo fue protegerla y empezar a hablar de ello abiertamente, sin miedo, con todos. Y ví que las mujeres me escuchaban. Hablar se convirtió en mi arma: con vecinas, amigas, conocidas… y ellas se lo contaban a otras. Pensaba que si una sola niña se libraba de ser mutilada, sería una generación salvada. Y muchas lo lograron gracias al boca a boca. 

Trabajando con Médicos Sin Fronteras conocí a mi segundo marido, un madrileño de Chamberí. Nos hicimos buenos amigos. Le conté todo lo que me había pasado y le expliqué mi rechazo a los hombres. Me enamoré de él porque me escuchaba, me comprendía, era paciente conmigo. Entonces entendí que la sexualidad no está en el puñetero clítoris, sino en la cabeza. Con él tuve otros dos hijos y me vine a España. Sabía que si me quedaba incluso mi madre o mi hermana podían mutilar a mi hija pensando que me estaban haciendo un favor. Por eso ella no viajó sola a Kenia hasta que tuvo veinte años.

Aunque tradicionalmente se ha culpado de la mutilación genital femenina a las religiones, cuando investigas más allá te das cuenta de que es anterior al Islam. En el fondo es machismo, porque se hace para anular la sexualidad de la mujer. Por eso a mis charlas vienen casi exclusivamente mujeres. A los hombres no les interesa el tema.

Las madres que le practican la mutilación a sus hijas no se ven como culpables porque sienten que están cumpliendo con su obligación. No puedes prohibir algo con leyes sin antes haber educado a la población. A las mujeres allí les falta entender que casarse no es el único fin que deben tener, pero para eso necesitan independencia económica. 

En África se mutila a una niña a cada segundo. Después de que la ONU declarara la mutilación genital una violación de los derechos humanos, muchos países la abolieron sobre el papel, con leyes. Sin embargo, nunca he visto a nadie en la cárcel por ello. Todos miran a otro lado: la policía, el gobierno, los servicios sociales. Cuando viajo a mí país, algunos me dicen que me han lavado el cerebro en Occidente. He recibido todo tipo de amenazas. Pero a mi edad… no le tengo miedo a ningún hombre.

Desde que se prohibió la práctica de la mutilación genital femenina en los hospitales, se hace en cualquier esquina sucia, utilizando la misma cuchilla para siete niñas. Y si se mueren no pasa nada porque ni siquiera consta su nacimiento en ningún registro. Por eso ni siquiera hay datos.

A mí no me gusta llamarme víctima, sino superviviente. No soy diferente al resto de mujeres, todas tienen el poder y la fuerza. Pero también tienen mucho miedo al rechazo. Yo siempre fui muy cabezona, muy rebelde, y pude salir del país. Pero las que son realmente valientes son las mujeres que siguen allí y que han decidido proteger a sus hijas. Se enfrentan a toda su gente, las insultan, las llaman sucias. 

Hoy en día miro a mi hija y siento una satisfacción enorme porque al menos algo haya salido bien. A veces pienso que quizás tuvo que nacer ella para salvarme”.

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>> Asha Ismail nació en Kenia pero lleva 14 años viviendo en España. Su hija Hayat la convirtió en abuela hace sólo ocho meses. Asha encabeza la ONG Save a Girl, Save a Generation.

Imágenes de Fran Garrido.

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